La Odisea Trans
La mayoría de nosotros tenemos casi el mismo pensamiento cuando escuchamos la palabra trans. El discurso alrededor del término se reduce a cuestiones de género o a una subcultura muy minoritaria a la que hay que rendirle pleitesía a riesgo de ser tachado de transfóbico.
La cuestión es que esta cultura trans es parte de algo mucho más grande. Es una ideología afín al movimiento transhumanista de principios del siglo XX. Entre los mayores exponentes recientes tenemos a Ray Kurzweil, Elon Musk, Yuval Harari, Peter Thiel y muchos de esos prebostes que hoy impulsan la adopción de la IA.
Básicamente, la ideología propone que los seres humanos somos simplemente una etapa más de un movimiento evolutivo con un inicio y una trayectoria, para ellos, clara. Entonces la idea es trascender el estado actual por cualquier medio posible para llegar a la próxima etapa de desarrollo humano.
En otras palabras, hoy somos un cochino saco de carne pensante que no merece existir, pero nuestro destino es ser dioses sin importar los medios. El ala comunista intentó avanzar este punto de vista por medio de la apropiación de los medios de producción (del hombre). Los nazis lo intentaron a través de un cambio eugenésico.
Hoy, el transgenerismo propone que el sexo del ser humano está más allá de lo que la biología dicta y debe superarlo. Pero el movimiento en general impulsa algo más ambicioso: la integración directa de la tecnología con el cuerpo humano.
El punto es que todas estas ideologías concuerdan en este punto: el humano no es lo que debería ser y hay que trascenderlo.
Para ellos, el problema es que la gente aún no quiere aceptar la premisa básica del transhumanismo: el ser humano en sí es carente de valor; por tanto, es intercambiable. Nosotros, los anticiencia, no comprendemos la importancia de sacrificar nuestras vidas para que los elegidos puedan pasar a la próxima fase de la evolución. Nuestro egoísmo no nos permite hacer los sacrificios necesarios o, en otras palabras, aceptar nuestro exterminio.
No me crean a mí. Peter Thiel, creador de Paypal y de las tecnologías Palantir con las que hoy nos vigilan, lo dijo en un video no hace mucho: No le interesa mucho que la humanidad perdure si no es capaz de transformarse de tal forma que las cirugías transgénero sean apenas el comienzo de una gloriosa era de diseño inteligente humano (diseñada por él, claro).
Debido a nuestra necia resistencia, los esfuerzos propagandísticos no han faltado, aunque la propaganda ha sido muy sutil. En vez de intentar vendernos las promesas de un futuro transhumanista, cosa que una sociedad con fundamentos cristianos rechazó, optaron por convencernos de que no había ningún valor inherente en ninguno de nosotros.
Eso de ser portadores de la imagen de Dios es, para ellos, un anacronismo. Según el discurso moderno, cualquier persona puede jugar cualquier rol en cualquier momento si se lo propone de todo corazón. Esto lo vendieron con libros como “El Alquimista” de Paulo Coelho, El Secreto de Byrne, Muchas Vidas, Muchos Maestros de Weiss.
El cine no se quedó atrás, repitiendo mensajes de “si lo sueñas lo puedes lograr” o “la magia siempre estuvo dentro de ti”. Es decir, nadie es único realmente, sino que todo es cuestión de desear ser algo y ya.
Por el lado conductual, se apoyaron en una eliminación sistemática de las diferencias sociales. Por ejemplo, hoy no hay diferencia entre un maestro y un alumno. Se parte de la premisa de que ambos tienen las mismas capacidades intelectuales. Por tanto, las escuelas poco a poco pasaron al modelo AA (Alcohólicos Anónimos); el profesor se baja al nivel de los alumnos y pasa a ser uno de ellos, y el salón es un ambiente seguro donde todos comparten sus experiencias y no se puede juzgar a nadie. El aprendizaje pasa a ser circular y el maestro pasa a ser un “facilitador”. Después nos extrañamos cuando nuestros niños no saben leer ni escribir.
Y esto no se limitó a la escuela. En el hogar, el padre ya no es el proveedor, sino que este es un rol intercambiable. La policía tampoco tiene ya autoridad. Los criminales y la ciudadanía obediente son completamente intercambiables según las circunstancias. Los migrantes también pueden identificarse como merecedores de los derechos de los naturales de tu país. Los políticos son personajes completamente intercambiables sin preparación necesaria para ejercer su oficio a riesgo de ser llamados burgueses o elitistas. Los pastores de las iglesias hoy se jactan de ser tan o más pecadores e ignorantes que sus congregaciones, y eso les da estatus. Hasta las mascotas pasaron a tomar preeminencia por sobre los humanos, y ahora todos quieren vestir a sus niños con pijamas de animales para mostrar que apoyan el mismo mensaje.
En fin, se extendió la visión de que la sociedad está compuesta de una masa amorfa de individuos que no tienen relaciones estables con absolutamente nada y, por tanto, pueden ser transferidos de un lado a otro sin problema. No hay límites ni fronteras ni jerarquías válidas. Todo vale.
Esto también se aplica a la cultura y a la historia de nuestra civilización. Dentro de poco saldrá la película La Odisea, de Christopher Nolan. Este director admitió que su guión y cosmovisión se alejarían de los enfoques tradicionales y se basarían en una relectura (léase: reinterpretación) del clásico hecha por una feminista y luchadora social. En cristiano, lo que nos van a vender es que todas las culturas, etnias y géneros que participan en la historia son intercambiables. Todo ser humano vale igual que los demás, por tanto, es intercambiable.
Por tanto, veremos sociedades que eran bastante homogéneas siendo deconstruidas para representar la diversidad actual. La reina Helena, descrita por Homero como la más hermosa y clara, es interpretada por una chica que calza poco en esa descripción. Veremos a héroes descritos como varoniles siendo interpretados por actores trans, y sus discusiones acerca del honor convertidas en dilemas de corte utilitarista. Todo personaje será deconstruido y el impresionante espectáculo cinematográfico será un simple vehículo para hacernos sentir desarraigados del pasado y listos para lo que las élites nos digan cómo debe ser el futuro.
Este estado de cosas es lo que hoy facilita el avance de la cultura trans. Esa cultura que se ve a sí misma como reemplazable y cuyo destino es adaptarse o morir. O, como nos dicen cuando buscamos trabajo, deben reinventarse.
Pero ya C.S. Lewis nos había advertido de este movimiento y sus tácticas en su gran libro Esa Horrible Fuerza (link afiliado). Cuando leí esta novela quedé petrificado por la visión profética que tuvo el autor hace más de 80 años. Les recomiendo que obtengan el libro en físico, ya que ahora se ha puesto de moda “actualizar” los contenidos digitales.
Bueno. Hasta la próxima!


